¿Quieres estar al día de las últimas tendencias?

Carta de amor a Los Ángeles

La periodista Caroline Ryder nos sumerge en la singular vida de esta ciudad, escenario de nuestra campaña de verano.

A la gente de Los Ángeles le importa mucho su aspecto. Pero también nos importa cómo nos sentimos con nuestro cuerpo.

La vecina practica ejercicios de respiración en su porche. El barista te prepara un café con leche de setas adaptógenas. La mujer del mercado te ofrece una muestra de miel y te explica exactamente por qué es buena para tu intestino.

Una sauna de infrarrojos, un chapuzón de agua fría, un baño de sonido en una yurta en Laurel Canyon: nada de esto es una moda aquí. Son parte del tejido de la vida cotidiana en una ciudad donde cuidarse es más que un simple estilo de vida. Es lo que te hace sentir como en casa.

La ciudad comienza el día al aire libre. A las seis, las rutas de senderismo están llenas de gente que quiere que su primera conversación del día sea con el sol, el cielo y los coyotes.

En la costa, una surfista coge las olas de la madrugada mientras el cielo aún es de color melocotón y plateado. Sale del agua con la tabla bajo el brazo y la sal secándose en sus hombros. Eso es lo que tiene Los Ángeles: la mejor parte del día suele ocurrir antes de que la mayoría de las ciudades hayan abierto los ojos: al amanecer, con el primer rayo de luz.

La luz nos creó. Es la razón por la que vinieron los artistas. Es por lo que floreció la industria cinematográfica. Todo gracias a ese amanecer, esa puesta de sol, esa hora dorada en la que el mundo parece haber sido bañado en miel.

El agua nos curó. Puede que esto sea un desierto, pero el Pacífico nos acoge en su seno. Las piscinas de los patios traseros brillan bajo el calor de la tarde. Los jacuzzis exhalan vapor en el aire fresco de la noche mientras las estrellas salen una a una, y en algún lugar, siempre, hay alguien flotando.

Y en medio de todo esto, la gente sigue llegando. Desde todas partes, atraída hacia el oeste, hasta el extremo del continente, a una ciudad donde cada barrio parece su propio planeta.

Little Tokyo, Thai Town, Historic Filipinotown, Little Armenia, Little Ethiopia, Crenshaw, Compton, East Los, Echo Park, Bel Air, Los Feliz. Solo los nombres te dicen todo lo que necesitas saber sobre Los Ángeles; que es un mosaico donde cada azulejo es distinto, cada color es único.

Aventúrate al centro y observa cómo la luz incide sobre las fachadas art déco de Broadway. Es el pasado de la ciudad hecho realidad: viejos recuerdos que se aprietan contra torres de cristal y acero, asándose codo con codo bajo el calor.

Dirígete al sur, a las barberías y las tiendas de productos de belleza de Crenshaw, donde el humo de las barbacoas dominicales se extiende por las aceras.

Conduce hacia el este y la ciudad se vuelve más ruidosa y cálida, llena de vida con música de mariachis y familias que salen de la iglesia el domingo por la mañana, con el aroma del elote y el chamoy en la brisa.

Ve hacia el norte, donde las carreteras serpentean por colinas que no tienen sentido. No te sorprendas al encontrar una caja de cristal colgando sobre un acantilado: este es un paisaje construido por soñadores que nunca temieron ir más allá de lo convencional. Gente poseída por la voluntad de construir algo imposible.

Viaja hacia el oeste en busca del aire salado y el espectáculo. Skaters surcando el asfalto. Muralistas trabajando en las paredes a lo largo del paseo marítimo. Culturistas flexionando sus músculos al aire libre.

Músicos callejeros tocando para multitudes que se agolpan y se disuelven a su alrededor. Cuando los canales reflejan la luz de la tarde, por un momento parece que pudieras estar en algún lugar de Europa, si Europa tuviera palmeras y camiones de tacos en las esquinas.

Sigue conduciendo por la costa, donde las montañas se precipitan directamente al Pacífico. Desde allí puedes tomar una carretera sinuosa hacia el interior, subiendo a un cañón de otro mundo donde el aire huele a salvia y eucalipto. Músicos, pintores, escritores y místicos vienen aquí a vivir tranquilamente entre los robles.

Podrías pasar toda una vida perdiéndote por Los Ángeles y nunca ver lo mismo dos veces. Esa es su magia.

Y, sin embargo, a pesar de su tamaño, de todas sus contradicciones, hay un hilo conductor que recorre esta ciudad. Su propia forma específica de moverse por el mundo. Una estética que parece natural, nacida de la libertad de un lugar que siempre ha establecido sus propias reglas.

Se ve por todas partes, si sabes cómo mirar. En el paseo marítimo y en el cañón, en las azoteas y en el mercado, en las colinas y junto a la orilla. El mismo instinto, expresado de mil maneras diferentes.

La camisa de lino desabrochada justo lo necesario. Un vestido lencero vintage con zapatillas blancas brillantes. La camiseta de grupo descolorida metida por dentro de unos pantalones de pierna ancha. La chaqueta de cuero perfectamente gastada. La profesora de yoga que entra en un restaurante vestida de algodón blanco y con un turbante adornado con joyas. La actriz que se echa una piel vintage sobre el bañador y lo llama outfit.

Hay un tipo de confianza que proviene de vivir en un cuerpo que pasa tiempo al sol, que mira las estrellas, nada en agua fría, recorre senderos polvorientos y duerme con las ventanas abiertas. Se refleja en tu forma de comportarte. En cómo eliges algo sencillo y llamativo, en lugar de algo complicado.

Nos vestimos para la vida que realmente vivimos, para el clima que realmente nos rodea. No fingimos sofisticación, sino que la llevamos dentro. Sabiendo que lo más bonito que puedes llevar puesto es la certeza de que perteneces exactamente al lugar donde estás.

Venimos a Los Ángeles para empezar algo nuevo. Para dejar algo atrás. O simplemente para encontrar una vida que se adapte a la forma que realmente tenemos, no a la forma que nos dijeron que debíamos tener. Y la ciudad nos deja hacerlo. No nos pide un plan. Simplemente nos da el clima, el espacio y la luz, y nos dice: sé tú mismo.

Sé la versión más brillante de eso, por dentro y por fuera.

Quizás por eso los angelinos parecen brillar desde dentro. No por lo que llevamos puesto o por nuestro aspecto, sino por cómo nos sentimos por dentro. Porque en algún lugar entre el aire salado y las puestas de sol, nos olvidamos de quiénes se suponía que debíamos ser y nos convertimos en algo mejor.

Nosotros mismos.

Las cookies mejoran tu experiencia de compra

Utilizamos cookies propias y de terceros para fines analíticos y para mostrarte publicidad personalizada y contenido en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Puedes aceptar todas las cookies o gestionar tus preferencias en el panel de configuración. Consulta más información en Política de cookies.