Giovanni Zattera’s Secret Addresses
Nuestro #MangoMan nos descubre el encanto del verano marsellés y sus rincones favoritos de la ciudad
Hay ciudades que se explican a través de sus monumentos y otras que solo pueden entenderse a través de las personas que las habitan. Marsella pertenece a esta última categoría. Caótica y luminosa, áspera y acogedora al mismo tiempo, la ciudad francesa mira constantemente hacia el Mediterráneo, como si todo lo importante estuviera llegando siempre desde el horizonte.
Con sus fachadas desgastadas por la sal, sus playas urbanas llenas de vida y una mezcla cultural única en Europa, Marsella se ha convertido en uno de los destinos más magnéticos del continente. Esa combinación de energía espontánea, sentido de comunidad y belleza imperfecta fue precisamente la que conquistó a Giovanni Zattera. Aunque nació en Turín y ha vivido en ciudades como Múnich o Madrid, encontró en Marsella algo que ninguna otra ciudad le había ofrecido: la sensación de estar exactamente donde debía estar.
Conversamos con él sobre su historia con la ciudad, los lugares a los que siempre vuelve y los rincones que mejor representan el espíritu marsellés.
MANGO: ¿Cuándo te mudaste a Marsella y por qué?
Giovanni: Uno de mis mejores amigos de la universidad, Giorgio, se mudó a Marsella en 2016 para hacer el doctorado. Por aquel entonces, ninguno de los dos habíamos oído hablar de esta ciudad. Yo seguí mi propio camino y fui a hacer el doctorado a Múnich. De vez en cuando iba a Marsella a verle, fuimos descubriendo la ciudad y enamorándonos de ella. Poco a poco, otros amigos de nuestro círculo más cercano se mudaron a Marsella. La historia fue prácticamente la misma para todos ellos: el plan era quedarse un par de semanas, pero ya estamos en 2026 y todos siguen aquí. En 2022 yo vivía en Madrid, pero necesitaba un cambio. Al fin y al cabo, el hogar es donde está tu gente, y toda mi gente estaba en Marsella.
M: ¿Qué pensaste la primera vez que llegaste? ¿Sigues viendo la ciudad igual hoy?
G: Marsella es un caos, un hermoso caos. La estación de tren se encuentra en lo alto de una colina y, al salir del edificio, se disfruta de una maravillosa vista panorámica de la ciudad. Un hervidero de gente va y viene; es muy probable que varias fuentes de sonido diferentes mezclen música trap francesa con tradicionales ritmos argelinos y cláxones de coches. Alguien en una moto está haciendo un caballito, pero de alguna manera no parece fuera de lugar y apenas te fijas en él. Una bandada de gaviotas pasa volando y la basílica de Notre Dame de la Garde domina la ciudad. Marsella es la simultaneidad de muchos, bañada en luz dorada.
Con los años ha cambiado muchísimo y se ha convertido en un destino cultural de referencia. Eso ha traído nuevas oportunidades y energías, pero también desafíos importantes, especialmente para quienes siempre han vivido aquí y ahora ven cómo el centro de la ciudad se vuelve cada vez menos accesible.
M: ¿Cómo se diferencia de Turín, tu ciudad natal?
G: Marsella es muy, muy diferente. Los turineses son famosos por su carácter tranquilo, y la vida allí es bastante apacible, en el entorno protegido del Valle del Pó. No puedo evitar darme cuenta de que el principal factor que determina el ambiente de una ciudad es la latitud. Si te desplazas unos doscientos kilómetros al sur de Turín, llegarás a Génova, de donde es mi familia. En muchos aspectos, Génova es la réplica italiana de Marsella.
Turín es una ciudad algo pulida, ordenada y majestuosa, en contraposición a Marsella, que es tosca y decadente, pero eternamente joven. Marsella tiene unos cuantos milenios de antigüedad y, sin embargo, sigue teniendo el alma y la belleza de un estibador de veinticinco años.
M: ¿Qué es lo que más te gusta de Marsella?
G: Me encanta cómo Marsella está concebida para abrirse hacia el mar. Por ejemplo, la catedral de Notre-Dame de la Major se encuentra en una zona un tanto apartada de la ciudad, algo alejada del centro. Sin embargo, si llegas a Marsella por mar, queda claro por qué se construyó allí: es uno de los primeros edificios que se ven, y está ahí para darte la bienvenida. Marsella se construyó para acoger a quienes venían de lejos.
M: Tus lugares favoritos tienen algo en común. ¿Qué representan para ti?
G: Todos me recuerdan a una forma de vida que parece cada vez más difícil de encontrar. Lugares donde la comunidad sigue siendo importante y donde el tiempo se mueve un poco más despacio. Son espacios que conservan una dimensión humana y donde siempre acabas encontrándote con alguien conocido.
M: ¿Cuál es tu lugar favorito para ver atardecer o amanecer?
G: El Sémaphore de Callelongue, es una antigua torre de vigilancia construida para observar el mar y proteger la costa. Para muchos es el mejor lugar de Marsella para contemplar el atardecer, aunque personalmente prefiero subir al amanecer. Llegar hasta arriba requiere unos veinte minutos de caminata cuesta arriba, pero la vista recompensa cualquier esfuerzo.
M: ¿Un espacio cultural imprescindible?
G: El Centre de la Vieille Charité fue construido en el siglo XVII como refugio para personas vulnerables y hoy es uno de los centros culturales más interesantes de Marsella. Hay una cafetería muy agradable en el patio interior, ideal para ir a leer un libro por la tarde.
M: ¿Dónde te sientes más inspirado?
G: ¡En Pavillon Southway! Es uno de los espacios más dinámicos del arte contemporáneo marsellés, fundado por la crítica y escenógrafa Emmanuelle Luciani. Puedes visitarlo para tomar un café, alojarte unos días o descubrir proyectos artísticos en constante evolución. Siempre está cambiando y eso forma parte de su encanto.
M: Si alguien quiere entender el verdadero espíritu de Marsella, ¿a dónde debería ir?
G: Es imposible no toparse con una de las playas urbanas más emblemáticas de Marsella, la de Petit Nice Passedat. De abril a noviembre, esta playa rocosa se llena de gente. Trae tus bebidas y tus libros, ya sea solo o con tus amigos. No hay mejor lugar para sentirte parte de una comunidad.
M: ¿Y para terminar el día?
G: No se puede hacer una lista de recomendaciones sobre Marsella sin mencionar al menos un “boulodrome”, es decir, un lugar donde se puede jugar a la petanca. La Passarelle es un restaurante que cuenta con un encantador patio donde disfrutar de una de esas interminables comidas dominicales. Después, pídete un “pastis”, calienta las muñecas y dirígete a la pista de petanca para demostrar lo que te enseñaron tus abuelos.
M: ¿Cuál es la mejor época para visitar la ciudad?
G: Justo antes y después del verano. Mientras gran parte de Europa empieza a notar el frío, aquí todavía puedes comer junto al mar y darte un baño. También recomendaría venir el 21 de junio, durante La Fête de la Musique, cuando toda la ciudad se transforma en una enorme celebración al aire libre.
M: ¿Qué echarías más de menos si algún día tuvieras que marcharte?
G: Marsella me llega al corazón. Cada vez que vuelvo a casa después de un viaje, al salir de la estación de tren y ver toda la ciudad de un solo vistazo, me emociona. No sé cuántos lugares son capaces de hacerme sentir así. Probablemente lo echaría de menos :)